Ha pasado mucho tiempo desde que la vi y no paro de pensar en ella; no sé su nombre, no sé donde vive, ni siqueira recuerdo donde la vi... Solo sé que llevaba un vestido de flores estampadas que acariciaba su pálida piel y que su pelo jugaba con el viento, se le cruzaba en la cara y se lo apartaba con las manos, qué manos tenía... lisas y suaves como una escultura de mármol, era lo más bonito que había visto nunca, y eso que no la vi sonreír hasta que no me crucé con ella. Tenía cara de embodado cuando pasó a mi lado, me miró y sonrió... labios perfectos, dentadura blanca como cal, unas pecas encima de los carrillos que le hacían aún más coqueta y lo que más me sorprendió, cómo no, sus ojos, ese par de luceros no se olvidan fácilmente, parecía que me estaban llamando para adentrarme en ellos, eran dos uno Universos infinitos queriendo ser explorados y yo era el astronauta.
Aquella chica era melodía, era coordinación, era el tempo y los compases perfectos... lo único malo que tienen las canciones perfectas es que no sabes el nombre y ni siquiera si vas a volver a escucharlas...
Descafeinado con mucho azúcar
sábado, 9 de abril de 2016
domingo, 27 de marzo de 2016
Las ocho y cuarto y yo con estos pelos
Suena el despertador una mañana más, el mismo sonido martilleante, todos los días a la misma hora, ya no sé si vivo para trabajar o trabajo para vivir. Las duchas son mi elixir matutino, es la única manera que tengo de evadirme de este mundo por un rato. Bajo el agua caliente, me pregunto cosas a mi mismo, cosas que no tienen respuesta, pero, aún así, me sirven de excusa para quedarme un rato más ahí dentro, me pregunto por qué estoy aquí, a dónde iré... siento que vago por el mundo como una máquina más, sin rumbo, con el único fin de trabajar y no morir de hambre. Salgo de la ducha con más dudas de las que tenía al entrar, veo que son las ocho pasadas, llego tarde a trabajar, tampoco me importa mucho, sólo es problema mío, otra máquina me sustituirá.
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